5 de abril de 2020
Escribir un
libro en cuarenta años
Carlos de la
Rosa Vidal
Solo porque lo juzgue de un proceso largo y la vida, cortísima, no
desconfíe del método de los cuarenta años. Traduciré los beneficios. Primero la
anédota. Hace una década, una antigua estudiante se comunicó conmigo para consultarme
sobre escribir novelas. Por aquel tiempo leía exclusivamente libros de ensayos.
¿Qué tipo de novela quieres escribir?, pregunté. «Una de amor», contestó,
tímida y entusiasta. Entonces, consulté sobre sus autores referentes. Confesó
que no leía novelas, leía poquísimo, casi nada. No pregunté por qué deseaba
escribir un libro.
Me inclino por los escritores que publican a los cuarenta porque
escriben desde hace veinte. El poeta británico W. H. Auden, publicó a los 21 años su primer
libro, escribía poemas desde los trece. En una entrevista, le preguntaron si
uno debiera escribir únicamente sobre lo que sabe, él contestó: «Sí, es cierto,
pero uno no sabe lo que sabe hasta que lo escribe». Sí, en el acto de escribir
aparece aquello que rabiamos por decir y no sabíamos. En el escribir aparece el
cómo.
Pero, hay poetas que hasta las desgracias les faltan. Lo digo porque
leo a poetas de blog, que tras diez años de escritura o más, continúan
escribiendo poemas como si hubiesen vivido sólo hasta el día en que empezaron a
escribir. Les falta un poco de vida real. Y está perfecto inspirarse en otros
poetas, sin embargo, no sólo los libros nos inspirarán originalidad. Se imaginará
al escritor de cartas de amor que sólo escribe inspirándose en otras cartas y
no en musas de carne y cabellos. Recuerdo algo preciso, en una feria de libro
en Lima, abordé al cuentista peruano Oswaldo Reynoso, para que me confesara el
secreto de su escritura, él respondió contundente: «Lee, lee, lee; escribe,
escribe, escribe; y vive intensamente».
De modo muy irónico y sin faltar a la verdad del método, lo he
planteado así en mis talleres de escritura: «Para escribir un libro lea un
mínimo de cien». Gastaremos relojes, pero el tiempo premiará con calidad al
artista. En estos tiempos de la velocidad y la desesperación por el
reconocimiento inmediato, hay toneladas de casos: Quienes apenas son lectores,
escriben al vuelo de hablar y publican de inmediato en webs de libros. Se
tildan de best seller. Considero que el lector de a pie, no merece a quien le
escriba desde y como la manada no lectora. El lector avisado, lo reconocerá en
la primera frase y lo enviará de inmediato al tacho del olvido. A la caneca,
dirán en Colombia. Al bote de basura, en México.
¿Qué significa escribir con el método de los cuarenta años? Obviamente
no escribir en cuatro décadas, implica una disciplina, un tiempo organizado. Apropiarse
de los secretos del lenguaje como un arqueólogo, un arquitecto, un modisto. Un
dador de vida. Los años dan método, es una búsqueda desesperada, angustiosa
para quien asume el viaje de llamarse artista. Hurgar entre y detrás de los
textos y las confesiones de los escritores. Y no leer como un lector común, leer
como escritor. El orfebre de la palabra, en primera instancia, escribe
borradores. Acepta que la primera versión no es un texto final para publicar. Lee
textos en voz alta. El escritor se hace en el proceso de corregir. Escribir con
seriedad es hacerse de una disciplina espartana de escritura. La escritura es
un descubrimiento, un proceso. Y finalmente, la rendición ante un texto digno
de publicación.
En escritura, la calidad lo otorga la cantidad. Mientras más se
escribe, mejor se escribe. A mayor cantidad de lecturas y textos escritos,
mejor calidad de textos. Y fundamentalmente investigar y apropiarse del método
de otros, para hacerse de uno; absorber la realidad, mirar como escritor, ya no
sólo como un simple y despistado mortal. Quien ya se asumió como escritor, hace
de sus días, el origen de una libreta de notas, cualquier detalle puede serle
útil para el arte.
Esta velocidad, el afán de escribir y publicar de inmediato, tan
pronto como se añade el punto final, indica un menosprecio por la calidad, es pensar
que debe escribirse al vuelo de la voz hablada. Quien escribe tal como habla,
aunque hable muy bien, escribe muy mal, indica Georges-Louis Lecler, en su
famoso discurso sobre el estilo. Es escribir como un otro cualquiera. Un escritor
sabe que los textos deben reposar. La obra de un artista se construye con perseverancia,
con horas de borradores y correcciones. Son las épocas de la fórmula del
escritor instantáneo que planea garrapatear un libro en seis semanas y hacerse
famoso. La labor del escritor no es una carrera de velocidad, lo es de la
disciplina y la constancia. Goethe escribiría «sin prisa, pero sin pausa».
En unos nueve días sumaré 14,500 días de vida. Desde que nací, poco
falta para los cuarenta años. Desgracias y fracasos no me han faltado, ni
tampoco momentos cumbre de victorias y altas alegrías. Compro docenas de libros
que quizá nunca leeré, escribo textos, como ejercicio y entrenamiento que nadie
nunca leerá. Y así, viajo para escribir. Los viajes me lo inspiraron las
lecturas. Esta noche, retorno a mi estudio itinerante aquí en Ciudad de México,
para escribir un libro en cuarenta años. Dejo un guiño al lector.

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